Amor, por encima de TODO

sábado, 17 de octubre de 2009

domingo, 4 de octubre de 2009




Capítulo 1: Primer Encuentro

Caminaba bajo la lluvia viendo como el cielo me hacía partícipe de su tristeza. Prefería la lluvia, nadie notaría que estaba llorando. Sueños rotos, recuerdos lejanos. La luz de esperanza se había desvanecido.
Sin embargo lo sentía, una pequeña semilla en mi interior esperando el momento adecuado y momentos después allí estaba.
Tropecé y alguien cayó junto a mi, había caminado horas sin mirar a dónde ir, sin razón, sin pensamiento ni sentido. Vi una inmensa cantidad de hojas y libros alrededor de mi y de la perfecta desconocida.
-Lo sien.. siento tanto, discúlpeme.- dije avergonzado. Mientras juntaba sus libros y hojas ya desastrosamente mojados.

-No te preocupes, de todos modos presentí que no sería mi día de suerte hoy.- murmuró ella mientras alzaba la vista y dejaba ver sus ojos azules.

Segundos después la vi correr hacia su paragüas negro que se hallaba a más de 20 metros arrastrado por el viento. Corrí torpemente detrás de ella con los libros en brazos, tratando inútilmente de cubrirlos de la lluvia.
El paragüas estaba roto.
Le entregué los libros para quitarme la chaqueta ante su expectante mirada y entregársela luego para que pudiera protegerse del frío.

-¿Estás bien?- Inquirió.
-Perfectamente.- Mentí sin pensarlo.

Ella se detuvo en seco y me examinó bajo la lluvia. Pensando quizás, lo ridículo que me veía o vaya a saber qué. Y sonrió.
Continuamos caminando uno al lado del otro en silencio. De vez en cuando la observaba disimuladamente, pensé en la fallida escena romántica que estaba vieviendo. Una bellísima joven, un joven bien parecido, ambos bajo la lluvia caminando tan cerca uno de otro. Reí para mis adentros. Diablos. No quiero estropearlo todo, no otra vez.
Llegamos a un edificio no muy alto que se encontraba al lado de una vieja galería. Esperé bajo la lluvia sin atreverme a subir los escasos escalones.
Ella rebuscó en los bolsillos de sus mojados jeans y sacó un par de llaves.

-¡Christopher, ven! Tienes que secarte un poco hombre.- Adujo con aire dubitativo.

Desconcertado, porque en ningún momento nos habíamos presentado; subí los escalones no sin antes tropezar.
Así fue como todo comenzó.